¡Hasta la victoria siempre!

lunes, 29 de septiembre de 2008

Oscuridad...

Aquel día despejado y claro se había ido ya. Eramos diez en la compañía, pero no fuimos los suficientes para enfrentar lo que nos topamos. Recién empezaba a llover, una lluvia ligera, agradable en aquel día de calor intenso. Habíamos dejado la llanura atrás y nos adentramos en el bosque, nos sentíamos mas seguros acampando ahí dentro que en la intemperie, sobretodo con aquella lluvia, y los nubarrones que se veían venir.

Diez soldados griegos, sin mucho alimento, ni agua mas que la de la lluvia, atrapados en un lugar desconocido. Estábamos en territorio germano, hostil, y peligroso. Durante los dos últimos días nos percatamos de algunos germanos que nos seguían de lejos. Esa noche la lluvia ceso unas horas durante las cuales se pudo ver la luna que iluminaba con gran esplendor aquel bosque enlodado. Me tocaba, junto con mi compañero la guardia en ese momento, los otros ocho compañeros dormían. De pronto se vino una torrencial lluvia y unas nubes negras como el infinito. Apenas lograba ver un par de metros frente a mi.

Unos rayos cayeron lejos dejando una estela de luz. En ese momento creí ver unas siluetas bastante cerca de nosotros, pero fue tan rápido el destello que no logre asegurarme. En ese instante mi compañero recibió tal pedrada que hasta el casco salio volando bajo la lluvia. No pude mas que gritar, dando señal a los de mas de despertar, pero fue muy tarde, ya estaban sobre nosotros. Eran muchos, no fui capas de contarles, sin embargo eso no importaba, había que defendernos. Todos se levantaron, los que pudieron y no se vieron con un hacha en su pecho. Tome la lanza y la arroje a la primer figura que se cruzo frente a mi, atravesando a aquel hombre. Era mas alto que yo, robusto y de cabellos largos. Sus brazos eran grandes y su hacha aun mas. Atrás de mi ya estaban todos en el forje de la batalla, chocando espadas, hachas, yelmos y escudos. La madera de sus rodelas salia volando y los cascos de la legión se rompían cual huevo contra sus hachas. Blandí mi espada contra el próximo adversario, más el llego primero a mi, dándome tal patada en el pecho que salí volando. Caí sobre Adriano, aquel cuyo yelmo volara tras ser apedreado, tenia el cráneo roto. Había mucha sangre corriendo por ahí, me levante tan rápido como pude, tome la espada con las dos manos y la enterré en el abdomen de aquel que me tumbo. Voltee y alcance a esquivar un pesada espada germana, ese rubio estuvo a punto de degollarme, pero no fue así, pues alcance a cercenar su mano. Aquellos días de entrenamiento por fin me valieron la vida. Sentía como si fuéramos ganando, creí que nos emparejábamos, hasta que recibí aquel súbito golpe por detrás de mi cabeza, que me desmayo en ese instante.

Al despertar estaba a un lado de Casio, cuya cabeza no estaba en su cuerpo, sino en una lanza al final de sus pies. Ya no había mas germanos, ni griegos. Me dieron por muerto con aquel golpe. Era casi medio día, no había mas lluvia, pero si zoquete por doquier. Me levante y obviando el dolor de cabeza, comencé a correr hacia la llanura. Corrí tanto como pude, estaba solo, herido, desarmado. Ya estaba por llegar a la libre llanura, por donde trataría de huir hacia un lugar despejado, cuando sentí un gran dolor en mi espalda, seguido de dos mas en la pierna izquierda y uno cerca del hombro derecho. No pude correr mas. Caí boca abajo, y tan solo vi como se cerraban mis ojos. Solo vi la obscuridad que me encerraba... y deje de sentir.

No hay comentarios: